Más que tesoros hundidos... vidas en desgracia


El hundimiento del galeón San José cobró la vida de más de 600 almas, entre tripulantes y pasajeros que pretendían retornar a España. Casi nadie los nombra o los recuerda, pues la atención, cuando se piensa en el malogrado galeón, se centra en las riquezas que transportaba: entre cinco y siete millones de pesos en oro y plata (de 3.500 a 5.000 millones de dólares actuales), sin contar los caudales y joyas de los pasajeros que regresaban de “hacer la América”.
Don José Fernández de Santillán, conde de Casa Alegre, mediante su fortuna y los favores dados a la Corona compró el cargo de General de la Flota de Galeones. Después de largas esperas, logró partir de Cádiz hacia la América española el 10 de marzo de 1706, con su flota que hizo un único viaje de ida y ninguno de regreso. Llevaba al San José como su nave capitana y al San Joaquín, su gemelo, como la almiranta. Además de otros tres navíos de guerra y diez mercantes. Lo escoltaba la flota de su sobrino, don Diego, formada por 16 mercantes.
La capitana y la almiranta eran naves con un arqueo de alrededor de las mil toneladas españolas y 62 cañones de bronce, entre piezas de a 18, de 10 y de 6 libras, con un peso de 195 mil libras sin contar las municiones. La construcción estuvo a cargo de don Pedro de Aróstegui en el astillero de Mapil, cerca a San Sebastián. Cientos de maestros carpinteros de ribera, sastres, tejedores, talladores, escultores, herreros, ayudantes y miles de curiosos vieron como crecía la obra a medida que se doblaban y ensamblaban tablones de los pirineos, se calafateaba con alquitrán de Moscovia, se erguían mástiles escandinavos, se enjarciaba todo con cabos de Königsberg y se envergaban velas de Holanda. Todo esto en escasos 30 metros de eslora...
Tras 48 días de navegación, arribaron a Cartagena de Indias donde permanecieron en el abrigo de la bahía y al amparo de los baluartes, mientras esperaban que el virrey del Perú organizara la Feria de Portobelo. A ésta se oponían los comerciantes limeños, pues los obligaban a adquirir mercancías traídas de la metrópoli tres veces más caras que las que les proporcionaban de contrabando los franceses de la Compañía del Mar Pacífico. Tras los reiterados pedidos, órdenes y amenazas de la Corona, urgida de la plata peruana, por fin el 19 de diciembre de 1707 salen de el Callao las naves con la plata y el oro rumbo a Punta Perico, en la costa pacífica de Panamá a donde arriban un mes después. De allí deberán trasladar todo por tierra a Portobelo, en la costa atlántica, para que las riquezas puedan ser embarcadas en la flota de Casa Alegre. Lo cual puede hacerse sólo en marzo de 1708. Pero los comerciantes peruanos, renuentes a comprar caro se retrasan en descargar las bodegas y en pagar lo correspondiente. Sólo bajo amenazas, multas y encarcelamientos completan su labor en el mes de mayo.
Tan cargados y maltrechos están los galeones con semejante carga, que es necesario retornar a Cartagena para carenar las naves, en vez de salir hacia La Habana.
Por suerte, por olfato o por espías bien pagados, desde principios de abril el comodoro Charles Wager a bordo de su Expedition con 71 cañones, acompañado por el Kingston de 60, el Portland de 50 y por el buque incendiario1 Vulture con 24 cañones... ronda esperando una presa entre las Islas del Rosario y los bajos de Salmedina.
A pesar de las advertencias sobre los merodeadores enviadas desde Cartagena en lanchas rápidas y desoyendo los consejos de sus comandantes, don José prefiere arriesgar sus 65 años en altamar y no dejar sus magras carnes a merced de los mosquitos y las enfermedades de tierra firme: fija el 28 de mayo de 1708 como la fecha de partida de la flota.

Lo cual hacen, ese día, once mercantes variados en tamaño, pobremente armados y con muchos pasajeros, el San José al mando del conde con sus ya mentados 62 cañones y seiscientos y tantos tripulantes y pasajeros, el San Joaquín con igual número de bocas y 660 embarcados, el Santa Cruz que actúa como gobierno o nave del comandante de infantería, con 44 cañones y 300 tripulantes, la urca2 Nuestra Señora de la Concepción con 40 piezas y 140 tripulantes, las fragatas francesas (que habían sido enviadas desde Cartagena cuando se descubrió a los ingleses) La Mieta de 34 cañones y 140 marineros, la Espíritu Santo con 32 armas y 300 tripulantes, el patache3 Nuestra Señora del Carmen, de propiedad del rey y con 24 cañones, y un aviso4.
No sabemos si don José Fernández de Santillán confiaba más en sus cañones o en que comandaba parte del santoral y otras advocaciones piadosas... Lo cierto es que enrumbó hacia la ciudad amurallada, pretendiendo dar cuenta de los impíos ingleses en el camino.
En agosto (junio del calendario inglés) de ese mismo año, The London Gazette dio la noticia:
“Jamaica, Junio 17. Thomas Newton, capitán del mercante La Martha de Londres, arribó al muelle de Port Royal desde la costa de Portobelo el miércoles 9 con la noticia de que el jueves 3 de este mes de junio, a su regreso a Jamaica, en el convoy del bote de guerra Dolphin, estuvieron en compañía del Kingston, el Portland y un buque incendiario entre la Brew (Barú) y las Friend Islands (Islas de San Bernardo) y fueron informados por esos hombres de guerra que el viernes anterior el comodoro Wager en el buque Expedition acompañado por ellos, en la tarde se enfrentó con los galeones españoles y otros navíos, conformados en total por 14 velas, entre la Brew y las Friend Islands. El comodoro enfrentó la almiranta (capitana) española, que después de una hora de combate, estalló. (...)”. Siguen más hechos de la batalla.
Lo cierto es que cuando el San José tuvo a tiro de cañón al Expedition después de la primera andanada de éste, el conde ordenó disparar todas las bocas de estribor sin causarle mayor daño al inglés. La recarga de los cañones era lenta y dispendiosa y para cuando el San José estuvo listo, el comodoro estaba a 200 metros, disparándole al velamen y al timón para inmovilizarlo: su intención no era hundirlo, sino abordarlo, sabedor de las riquezas que llevaba...
La marinería del Expedition, ahora a unos 60 metros del flanco del San José y aproximándose, se apresta con cabos y garfios al abordaje. Según la usanza, la lucha será cuerpo a cuerpo, sin miramientos ni contemplaciones. Será lucha a muerte.
El comodoro y sus marinos, sables en manos, no tuvieron oportunidad de la masacre. El San José, sin fuego ni aviso previos, estalló...
Esto anotó el comodoro inglés:
“Justo cuando el sol se ponía yo enfrenté la almiranta (capitana) y aproximadamente una hora y media más tarde, ya muy oscuro, la almiranta (capitana) estalló. Yo estaba a su costado a menos de medio tiro de pistola, tanto que el calor de la explosión vino hasta nosotros muy caliente y planchas y pedazos de madera encendidos cayeron en nuestro barco, que muy pronto lanzamos al mar. Presumo que la nave no estalló del todo en el aire, porque hubo muy poco fuego, mas creo que fue de costado, porque causó un mar que llegó a las portillas de nuestros cañones. Ella, inmediatamente se hundió con todas sus riquezas, las cuales pudieron ser muy grandes(...)”.
Con todas sus riquezas y casi todas sus almas, comodoro... Sólo sobrevivieron once.

1 Navío pensado para ser incendiado y lanzado contra el enemigo
2 Embarcación grande, muy ancha por el centro, y que sirve para el transporte de mercancías
3 Embarcación de vela con dos palos, muy ligera y de poco calado, destinada a la vigilancia de costas y puertos, normalmente supeditada a otra de más importancia o tamaño
4 Buque pequeño y ligero, para llevar órdenes entre los navíos o a los puertos


Fuente: El Galeón Perdido, Jorge Bendeck Olivella



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