D.F. Torrents, 2010
En la batalla de Trafalgar se impuso la flota inglesa al mando del almirante Horatio Nelson sobre la hispano-francesa
comandada por el vicealmirante francés Pierre Charles Silvestre de Villeneuve. La parte española de esta armada
coaligada estaba dirigida por el teniente general Federico Gravina y Napoli, español de origen italiano.
La mayor experiencia de las tripulaciones inglesas, su habilidad para cargar y descargar sus cañones con mayor rapidez y la
genialidad de Nelson al inventarse una nueva táctica de combate, aunadas al desorden y falta de voluntad de los franceses, en
tan sólo un día, dieron la victoria a los ingleses.
La derrota de las fuerzas continentales no solo significó el fin del intento napoleónico de domino marítimo, sino
también el ocaso de España como potencia colonial y marítima, ya que nunca se recuperaría de este duro
golpe. Por el contrario, los vencedores reafirmarían su hegemonía en los mares del mundo, los cuales dominarían
hasta finales del siglo XIX.
De los quince navíos españoles que participaron en la refriega, 4 huyeron y los demás fueron capturados o
hundidos. Los franceses perdieron menos naves pero más honor: de sus 18 unidades, 10 fueron capturadas o hundidas y el resto
huyó antes o durante el combate.
España aportó 1382 heridos y 1021 muertos, Francia 1219 y 3406, e Inglaterra 1241 heridos y 436 víctimas fatales,
entre éstas, Horatio Nelson, herido por un disparo de mosquete desde el Redoutable.
Muchos de los heridos y de los indemnes, fueron capturados. Entre estos últimos, el vicealmirante francés Villeneuve y
el guajiro colombiano, futuro almirante José Prudencio Padilla...
El HMS Victory, buque insignia de Nelson, continua activo como buque insignia del
Segundo Lord del Mar, y es el buque más antiguo del mundo en servicio. No en refriegas, sino como
barco museo que recibe cerca de 350.000 visitantes al año.
A la sombra de un dividivi achaparrado que como él miraba hacia el horizonte, José Prudencio arrojó al mar la
azuela. Ya no más tallar troncos, no más andar untado hasta la coronilla de pez ni de resinas de calafatear. El mundo
estaba allá, lejos, más allá de las olas que rompían en la playa donde su padre tenía lo que
pomposamente llamaba “su astillero”, allá donde se decapitaban monarcas y se rehacían los reinos tras las
batallas, donde unos invadían naciones y otros trataban de rechazar a los invasores. «A dar muerte a
los tiranos», escribió con un trozo de carbón en una de las paredes encaladas de su cuarto. Haciendo caso
omiso a la sensatez que su nombre proclamaba, hizo un lío con una muda de ropa (la que usaba los domingos) y se
dirigió al embarcadero donde se mecían dos goletas de contrabandistas de copra y géneros y, más lejos,
tres fragatas españolas y un bergantín que por su porte y calado no podían acercarse más a la costa.
Se entreveró en el corrillo de hombres y de muchachos mayores que él que gritaban a más no poder, se empujaban
y pugnaban por hacerse a un mejor sitio. Pensó que miraban una pelea de gallos. Al acercarse se dio cuenta de que era una leva
para enrolar tripulantes en los navíos que habían recalado en Riohacha.
—Tú no, ¡no queremos vejetes! ¡Eh, tú, muchacho! Sí, el mulato... ¿Cómo te
llamas?
Dijo nombres y apellidos y el hombre que se paraba en un tonel lo anotó en un folio mugriento que dobló en cuatro.
—No más plazas, retiraos.
Supo entonces que había sido enganchado como mozo de cámara a bordo de una de las unidades de la Real Armada
Española del Nuevo Reino de Granada ése año de gracia de 1798, recién cumplidos los 14 años. No
sabía el nombre de la unidad ni su destino. Lo que sí sabía era que se iba ese mismo día...
Creyó que hacían proa hacia Cartagena de Indias, pero no: dos semanas después pasaban bajo las amenazadoras bocas
de las baterías de Los Doce Apóstoles y La Pastora de la fortaleza de los Tres Reyes del Morro, en La Habana. Nada
parecido a su lejana Riohacha, pensó. ¡Y lo que le faltaba por ver!
Con los brazos y la barbilla apoyados en la borda, se embelesaba observando al San Francisco de Asís,
imponente navío de 74 cañones repartidos en sus dos cubiertas. Éste, junto con el
Neptuno, el Soberano y el Príncipe de Asturias
habían arribado trayendo tropas a las colonias de América. Pensaba que con tanta imponencia, mucho más lejos se
podría llegar. No descansó hasta que el primer calafate, a quien en ocasiones asistía, le juró que lo
ayudaría a obtener la nueva plaza en el navío que lo trasnochaba, lo que finalmente obtuvo tres días antes de la
partida de la flota.
A bordo del San Francisco de Asís varias veces hizo la travesía entre América y la
Península, de ida y vuelta. Santo Domingo, La Habana, Cádiz, y aún Brest, ya le eran familiares... Hasta que se
vio atrapado en Trafalgar, la batalla.
* * *
Lo dieron por muerto cuando uno de los primeros disparos de la flota inglesa impactó la balaustrada del alcázar: un
madero desprendido lo golpeó en el pecho y lo arrojó por la borda. Logró aferrarse a los restos flotantes y fue
arrastrado por las corrientes.
Alcanzó a pensar en lo mal hijo que había sido, al haber abandonado a su padre en la remota Guajira, sólo por
su afán de aventuras. ¿Quién estaría ayudándole al pobre viejo? ¿Llegarían a saber
ellos que se había ahogado en las costas de la Madre Patria? Empezó a rezar...
La masa oscura que amenazaba con embestirle (después supo que era el Redoutable francés)
fue su salvación. Se asió a una de las escotas que pendían por estribor y logró subir a la cubierta. En
medio de la confusión del combate, sin nadie a quien reportarse y con ganas de revancha, cogió el arma de un
caído y se hizo a un sitio desde donde disparar. La humareda de los cañonazos no dejaba tomar puntería contra
los barcos que los rodeaban, así que subió a la cofa del trinquete armado con el mosquete prestado.
Estaban en el centro de la escuadra, cerca del buque insignia Bucentaure, francés, y el
Santísima Trinidad, español. Se liaron a cañonazos con el buque insignia de la escuadra
inglesa, el HMS Victory, pero éste tenía 104 cañones y ante
la inferioridad de condiciones, el capitán Jean Jacques Etienne Lucas dio la orden a los fusileros y granaderos de fuego a
discreción. José Prudencio no quería desperdiciar sus municiones. Sólo le apuntaba a los artilleros de la
nave enemiga, cuando llamó su atención quien parecía ser importante por las órdenes que gritaba y por las
condecoraciones que adornaban su uniforme. Esperando a que el balanceo del barco llegara a su punto más bajo, inmóvil
antes de devolverse hacia la otra banda, apuntó con cuidado y disparó la bala que horas después produciría
la muerte de Horatio Nelson. Nunca supo a quien había herido ni tampoco importaba. Lo que sí importaba era causar el mayor
número de bajas al enemigo.
A pesar de todo, se impuso la superioridad numérica de bocas de fuego de los ingleses: el Victory
pasó descargando sus andanas por babor y, cuando el viento lo alejó, el HMS Temeraire hizo
lo propio por el otro costado. El Redoutable embarcaba agua por varias vías y se hundía con
rapidez. Se arrojó al agua con los demás y nadó con desespero para alejarse del remolino que lo llevaría
a las profundidades si estaba muy cerca de la malograda nave. Con la mayoría, logró llegar al
Bucentaure desde donde, a pesar del maltrecho estado del buque insignia de la flota combinada, les arrojaron
cabos para subir a bordo. Sólo para ser capturados por los ingleses poco después, antes de que la nave también
se hundiera. Era una presa importante pues con él, fue capturado Pierre Charles Silvestre de Villeneuve, el francés
que comandaba la flota. José Prudencio, con sus siete vidas del gato y sus veintiún años,
fue llevado a Londres...
* * *
Años después, cuando se le buscaba dizque por conspirar, los alguaciles sólo encontraron en su casa a su padre tallando
una pipa, recostado contra la pared con el lema de su huída, desvaído por el paso del tiempo pero aún legible. La
cacería prosiguió hasta que fue puesto en cadenas y enviado a la fría capital. De seguro, con un informe acerca
de su afán de acabar con las tiranías de este mundo convulsionado.
Sobreviviente a los cañonazos de las piezas de a 36, a los naufragios y a las prisiones, sucumbió en la última
batalla —ésta en tierra firme—, atado a un poste frente a los fusileros que podían dispararle sin bambolearse
ni perder el equilibrio.